jueves, 19 de enero de 2012

Me puse a pensar violentamente en vos y me sorprendió darme cuenta de que no lo hacía desde hace, qué, ¿dos semanas? Por ahí para vos es poco, porque, de hecho, es probable que no hayas pensado en en mí con tanta frecuencia desde hace años (si te insinúo la pregunta a modo de acusación, seguro hacés un ruidito con la lengua y me retás, pero no me contestás de verdad).

Que sos la persona que más quise en mi vida, lo sabés. Yo lo supe siempre, y no lo supe más por el hecho de estar lejos, una vez que se terminó todo; no fue una romantización (si existe esa palabra) producto de la nostalgia y de la distancia. No. Lo supe cuando estábamos juntos, me lo decía esa necesidad física de estar con vos, que no volví a sentir por nadie. Esa certeza me asustó mucho durante mucho tiempo. Sentía que era algo que debía superar. Me asustaba la idea de no poder querer así a alguien más. Hoy sé que no voy a querer así a nadie más, y está bien. Por primera vez hoy puedo abrazar esa idea con aceptación. No voy a querer de nuevo así, pero puedo querer distinto. Quizás hasta me pueda hacer mejor, quién sabe.

¿Alguna vez me hiciste bien? Pienso en tantas tardes perfectas, en tantos días de sencilla felicidad al lado del otro; pienso en el lenguaje que creábamos y que sólo nosotros entendíamos; como si tuviéramos una llave para entrar a un lugar al que nadie más podía entrar; me acuerdo de esos abrazos fuertes, cada vez más fuertes, como si quisiéramos meternos adentro del otro. Me acuerdo de todas esas cosas y me cuesta decirme que no, que me hiciste mal. Pero es que había dos personas en vos. A veces me hacías sentir tan juzgado... Pronto aprendí que había cosas que no podía contarte, que no podía compartir con vos, porque te cerrabas a lo que te estaba diciendo, porque me fulminabas con silencio. Aprendí a ser selectivo en cuanto a lo que te mostraba de mí, y te odio por eso, porque es algo que nunca pude dejar de hacer, y es lo que más odio de mí: esa necesidad enfermiza de decir y hacer para agradar al otro.

Nunca terminé de entender qué fue lo que pasó. Sé que te lo pregunté mil veces, pero no creo que nunca me hayas respondido de verdad. Bueno, sí. Una vez me dijiste que yo pertenecía a un tiempo de tu vida en que no te gustabas, y que estar conmigo te llevaba a lugares que te hacían sentir incómoda con vos misma, lugares que preferías dejar atrás.

¿Y si fue más simple? ¿Y si un día te diste cuenta de que estabas enamorada de tu mejor amigo gay, y que si querías tener una vida normal tenías que alejarte y enamorarte de otra persona? Normal es una palabra que nombraste mucho durante ese tiempo, como algo deseable, algo a lo que aspirar. Tal vez es por eso que odio esa palabra, ese concepto. No, en serio, tengo serios problemas ideológicos con esa palabra. Pero ojo, quizás esté equivocado. Quizás nunca estuviste enamorada de mí, y leer eso te moleste o te produzca inquietud. Si es que alguna vez lo leés. Una vez me dijiste que leías mi blog. Me acuerdo perfectamente, porque nunca después pude volver a escribir un post sin pensar en vos, y en qué pensarías cuando lo leyeras. También me dijiste que habíamos sido novios, no amigos. Me lo dijiste hace poco. Y eso me hizo muy bien. Como si alguien me dijera que no estoy loco.

Yo no tengo dudas de que estuve enamorado de vos. Estoy enamorado de vos todavía. Me producís una fascinación que nadie más me produce. Creo que esa fascinación tiene que ver con el hecho de que, cuando te tengo enfrente, siento que conozco más de vos que de cualquier otra persona en el mundo, te miro y te veo por dentro como quien se piensa en silencio a sí mismo, y sin embargo, siempre hay algo que no conozco, algo a lo que no llego, algo, que, quizás, nunca muestres a nadie, ni a vos misma.

Hoy me gusta verte. Por supuesto que no es lo mismo que era antes. Ahora nos tenemos que sentar y hablar de cómo son nuestras vidas sin el otro, cuando antes era pasar la vida juntos. Tenemos que hablar de cosas, y jugar a que son cosas importantes que el otro necesita saber. Nunca podemos hablar de esto. Lo podemos hablar por chat, por mail. Pero no lo podemos hablar en persona. Contame, ¿vos por qué no podés? Yo no puedo porque no lo soportaría. Porque me pondría nervioso, me pondría a llorar, porque no me saldrían las palabras. Pero al menos sé que puedo tomar un café con vos una vez cada mucho, contarnos de nuestras cosas, cerciorarme de que estás bien, de que sos feliz, de que te cuidan.

Creí que nunca te iba a perdonar por sacarme de tu vida. Hoy lo estoy intentando (no te prometo nada). Creo que me haría las cosas más fáciles saber que no me querés. Pero creo que sí me querés. Aún con mis inseguridades, con mis miedos, hay una parte de mí sabe que me querés mucho. Lo siento. Cada vez que nos encontrábamos me dabas esos abrazos que me lo decían. Hoy me los seguís dando, pero sólo si cuando nos encontramos estamos solos. No sé si podrías caretear frente a tu novio o frente a otras personas un abrazo así, un afecto así, después de tanto tiempo lejos. Después de todo, acordate que nadie entiende lo que fuimos, lo que somos. Sólo nosotros dos. No tengo la necesidad de contarle a nadie sobre vos. No hace falta. Y no entenderían, porque, para empezar, yo no podía explicarnos. Es tan loco... pasé horas y horas de mi vida hablando con tantos amigos sobre tantos dolores viejos, tantas personas que ya no importan o nunca importaron. Y sobre vos no hablé con casi nadie.

Ya superé la etapa en la que forzaba las cosas para tener una relación de amigos "normal" con vos, y conservarte en mi vida de alguna manera: sorber café al lado del otro una vez por semana y ponernos al tanto de las novedades de cada uno y de los conocidos en común que no importan. Pero hoy entendí lo que vos siempre supiste: nosotros no podríamos ser eso. No podríamos sostenerlo. Hay muchas cosas muy intensas en el medio. Sería una mentira.

Hoy empiezan a desaparecer los rencores, las preguntas obstinadas, el dolor por lo que terminó, y hasta el deseo de saber nada, de intentar nada, de revivir nada. Ahora sólo quedan recuerdos perfectos, que me conmueven, que me hacen, que me traen al cuerpo ese amor como si fuera hoy, y la apacible certeza de que te voy a querer siempre. Y no duele.